Cortemos el cordón umbilical

Hoy vi dos videos que hablan sobre nuestra actual relación con el internet y la tecnología, y cómo va cambiando rápidamente. 

Desde hace algunos años he estado reflexionando sobre el teléfono móvil, el internet y las redes sociales, y quiero expresar las ideas que surgen al respecto según lo que he visto, vivido, escuchado y leído. 

No me gusta sentirme prisionera de un aparato para hacer cualquier actividad de mi día, ni que me acompañe cada segundo de mi vida, incluso al despertar y al irme a dormir. Hay algo que me incomoda sobre el mundo moderno, donde me doy cuenta que estamos bastante sumergidos y jodidos, y que no hay marcha atrás, o al menos no tan fácilmente. 

A partir del nuevo milenio, la generación Z ha vivido sumergida en las pantallas, internet y digitalización; desde que nacen toda su vida ha quedado registrada en la nube. La gran mayoría de los niños y jóvenes nacidos en esta generación no han tenido la oportunidad de crecer jugando al aire libre, sin la necesidad de tener un aparato que los acompañe, por lo que difícilmente han podido desarrollar la creatividad y la socialización (de la manera como hasta ahora conocíamos). 

Cuando las generaciones Baby boomer y X se vayan de este mundo, los Millennials seremos los últimos seres humanos cuyos primeros años de vida los pasamos viviendo la realidad y no a través de una pantalla ni en un mundo virtual. Qué peligroso suena esto, porque no habrá más humanos que entiendan la vida fuera de las redes sociales y el celular. Pienso que cada vez será más fácil adaptar a los humanos al mundo digital, aquel donde se usan gafas de realidad virtual, avatares personificados y vidas paralelas que son perfectas y surreales. 

Toda mi generación está deprimida, las redes sociales nos muestran un mundo inalcanzable y perfecto (aunque falso y fabricado) al que queremos aspirar pero no podemos lograr. Estamos invadidos por tanta información de aquellos que viajan y se muestran felices, que tienen una pareja perfecta, amigos perfectos, vida perfecta. Nos comparamos con aquellos que creemos exitosos y nos deprimimos por no poder tener esa vida de ensueño. 

Aunado a eso, las condiciones de vida son muy diferentes que la de nuestros padres, y eso se explica por las generaciones. Los Baby boomers nacieron después de la guerra, cuyos padres pasaron por momentos duros, de carestía y sufrimiento. A sus hijos les tocó reconstruir el mundo. Para la generación X los Baby boomers habían mejorado las condiciones, pero aún faltaban cosas por cambiar. Los X terminaron por mejorar eso que faltaba. Vivieron en una época de mayor estabilidad, cambios en el pensamiento, revoluciones sociales y liberalismo, así que se relajaron más. Los hijos de los X, los Millennials, obtuvieron todo el fruto del trabajo de los boomers y generación X. Tuvimos la vida más digerible y relajada. A su vez, los Millennials, al tenerlo todo tan fácil y sin tanto esfuerzo, han educado a sus hijos, la generación Z desde una óptica simplista, burda, tonta, insuficiente. Todo esto, más la llegada de la tecnología tan inmersiva en nuestras vidas, son el resultado para una generación de tontos incapaces de razonar por sí mismos... Pero me estoy desviando. 

El punto es que a partir de los Millennials y la Gen Z la depresión ha aumentado porque, aunque nos dieron todo masticado y, de alguna manera "fácil", no hemos sido capaces de mantener ese estado de prosperidad (quizá porque no sabemos el trabajo que cuesta obtenerlo). 

Entonces, tenemos jóvenes que no tienen el poder adquisitivo para comprar una casa, las políticas públicas son un desastre, tenemos latentes las amenazas del cambio climático (que hay que ver), la violencia se ha disparado, las expectativas del mundo instagrameable son tan difíciles de llenar, y todo eso se vuelve en una sopa de tormentos que hacen que nos sintamos deprimidos. Vivimos con más estrés, el uso de la tecnología ha disparado el insomnio, la ansiedad, la depresión (más que la tecnología, el uso de las redes sociales, como ya dije antes). 

Nos hemos vuelto tan frágiles. Somos más manipulables. Aquellos que no estén seguros de su personalidad pueden ser fácilmente moldeables según las ideas en turno. Si no podemos encontrarnos entonces no sabemos quiénes somos y adoptamos una personalidad prefabricada. Obviamente es más fácil tratar de huir de nuestra realidad tan miserable que vivir en ella. Si alguien nos ofrece un par de lentes en donde podemos construir una vida perfecta, mucha gente lo tomará. El control será más fácil. Por eso creo que en cierta medida esta depresión ha sido inducida para confundirnos y hacernos vulnerables para caer. Somos víctimias del sistema, un sistema del que no es fácil salir.

La adicción al teléfono es tan grande... se ha metido de apoco. Los primeros teléfonos eran horriblemente grandes y poco funcionales. Recuerdo los Nokia que tenían la pantalla verde y muchos pixeles. Solo servían para lo que era: mandar mensajes y hacer llamadas. No pasaba nada si lo olvidabas en casa, no lo llevabas contigo a todas partes. Ahora hasta en el baño lo metemos y se ha convertido en nuestro compañero más íntimo. El hecho de que los antiguos celulares tuvieran tantos pixeles y una pantalla más pequeña no era nada atractivo.  Luego aparecieron los teléfonos con pantallas más grandes y a color, pero seguían sin resultar tan interesantes. Poco a poco fueron mejorando: mejor resolución, colores más vivos, funciones más atractivas, internet portátil, redes sociales, el boom por sentirse importante y validado por otros a través de estímulos. Ahora estamos atrapados y no concebimos nuestra vida sin ese aparato que se ha vuelto un brazo extra. ¿Qué haríamos sin ver videos de perritos antes de dormir? ¿Sin decirle al mundo lo genial que somos? Como nos sentimos tan vacíos y deprimidos, necesitamos sentirnos valorados ante el mundo a través de likes, comentarios y reacciones. 

En qué momento permití que esto se volviera parte de mí, como el aire que respiro y como la sangre que recorre mi cuerpo. 

Espero algún día sentirme libre.    

   

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