Día 39
Lo natural sería que comenzara esta historia por el inicio, pero me limitaría a expresar tan pocas cosas; de tal manera que prefiero empezar por este día, el 39 de mi viaje.
Podría hacer un recuento general sobre las cosas que hasta ahora he hecho, que se tomarían por muchas o pocas, dependiendo de cómo se miren. También podría listar los objetos y los sabores que tanto extraño y por las que soy capaz de volver.
Simplemente me limito a analizar las reacciones que me ha creado este viaje, lo que me ha hecho aprender y crecer, o incluso al revés, aquello que sigue persiguiéndome y no puedo dejar en el pasado.
España no es tan diferente de México, también tiran basura, también llegan tarde y son desorganizados; pero igual son cálidos y les gusta la fiesta, gritar y socializar. Las calles están llenas de niños que corren todos juntos, de jóvenes que se reúnen en la Plaza Mayor, sentados en el suelo frío mientras juegan a las cartas o toman un café. Parejas de adultos que visten elegante y salen a degustar los mejores panes de Las Torres en la terraza, mientras observan el andar de la vida salamantina. Las señoras con sus abrigos largos y sus bolsos juegan al bingo o a la canasta detrás de la vitrina de algún lugar de tapas. Todos salen, incluso en los días más fríos, a pasear por la calle Zamora hasta llegar a la Plaza.
A ratos, yo soy parte de ese grupo, de las que va al café Cuatro Gatos a tomar una caña, o dos; de las que se acaba las noches platicando sobre la vida mexicana, y sus colores, sus entrañables sabores a un extranjero que intenta entender, pero que mira con los ojos llenos de asombro. Soy de esas que degusta de un concierto de Vivaldi con la chica alemana que acaba de conocer, y de pronto se convierte en su gran amiga. Soy aquella que no tiene miedo ni se priva por las diferencias lingüísticas y en cambio se arriesga a la aventura de conocer gente nueva. Pero también soy esa que prefiere perderse en soledad, alejada de los ruidos de la ciudad, de los cuchicheos y murmullos que la gente genera en la transitada Rúa Mayor. Soy la que ama caminar a solas por las calles más oscuras, sólo para encontrar el atardecer y enamorarse a cada rincón de la nueva ciudad que la acoge.
En mis 39 días, más de una vez he sentido una conexión con el suelo que toco, porque me recuerda a casa. Esa noche, por ejemplo, cuando caminaba sin rumbo aparente, una sucesión de olores me persiguió por todo mi camino; olía a Navidad en tiempos de infancia, a pan recién hecho por manos de mamá, al frío de las Posadas, al cigarrillo de las fiestas en Guanajuato, olía a toda mi vida en una calle, en un instante. Y las luces se encendían lentamente, dando armonía y calidez a lo que a mi viaje le faltaba.
Algunas noches son tristes, otras se gozan con la compañía ideal bajo el Puente Romano, escuchando la pasividad del Tormes. Los atardeceres y las lunas de octubre en Salamanca jamás se olvidarán; ya empiezo a querer esta ciudad, así como las muchas aventuras que hasta ahora he tenido en el segundo piso de Rúa Mayor número 8 o aquellas sentada en las escalinatas de la Universidad.
121 días de aventura me quedan aún.
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